¿Y los demás contemporáneos? Bueno, la verdad es... que habían ecristo muy buenas obras pero... ¡están muertos! Maurice G. Dantec, Dominique Lapierre, Philippe Alexandre, entre los fallecidos en este siglo XXI. Cuento a los clásicos, bueno, hay muchos talentosos que consiguieron ganarse la vida con la escritura, pero fue en un pasado ya distante. Jean Giono, Céline, Julien Gracq y tantos otros en el siglo XIX que fue una feria para la literatura francesa: Balzac, Flaubert, Allais, los inmensos poetas como Lamartine, De Musset, Rimbaud, Baudelaire… bueno, ¡parémonos a este punto, si no, otra lista aburrida!
Entonces, ¿por qué España? La respuesta es obvia: la cantidad de autores conocidos y talentosos en este país es impresionante: A. Pérez-Reverte, J. Marías, Zafón, Almudena Grandes, Rosa Montero, Eduardo Mendoza, Antonio Iturbe y muchos otros.
En una entrevista de Pérez-Reverte, este último dijo que se había un claro resurgimiento de la lectura de novelas y otras obras en papel en España, lo que se me confirmó cuando me topé con esta cadena de librerías: «La Casa del Libro», que vende exclusivamente obras impresas de creatividad novelística y de cualquier otro tipo: científico, bienestar, filosófico, infantil, etc.
Este tipo de cadena simplemente no existe en Francia, y no me hablen de la FNAC, que cerraría sus puertas si no vendiera informática, videojuegos, cámaras, smartphones, entradas para conciertos y otros artefactos tan de moda hoy en día.
Nunca he visto una Casa del Libro vacía de gente, sino todo lo contrario: siempre llena de vida y clientes.
Pero vayamos al grano: ¿por qué un francés escribiría en un idioma que no es el suyo? En primer lugar, el hecho es que nací en el suroeste de Francia, de madre francesa y padre... ¡español! Nacido en Figueres en 1939, ya fallecido, era hijo de un refugiado político de la Guerra Civil española. Creo que sentía cierta vergüenza por ser español, ya que los refugiados de ese país eran económica y materialmente más desfavorecidos que los franceses, quienes... ¡ ya no sabían que al año siguiente iban a estar casi tan mal como los españoles!
Además, muchos ignoran que los refugiados españoles no fueron tan bien acogidos. Algunos incluso fueron encerrados en campos (no de concentración, no exageremos, pero sí recluidos), sometidos a una curiosidad malsana y despectiva, a burlas e incluso a escupitajos.
¡Qué país tan curioso es Francia, no muy racista pero sí xenófobo! Los italianos sufrieron actitudes similares, al igual que los portugueses más tarde. A los españoles se les llamaba «espagouins» , un acrónimo entre «espagnol» y «sagouin», una especie de mono poco refinado; a los italianos se les llamaba «ritals», una denominación poco controlado que hacía referencia a su forma ruidosa y desordenada de expresarse y comportarse, y a los portugueses se les llamaba «portos» y tenían fama de «oler mal». ; pero es cierto que vivían hacinados en viviendas insalubres, poco higiénicas y, en muchos casos, sin cuarto de baño.
Así se entiende la vergüenza, nunca expresada abiertamente pero siempre latente, de ser originario del otro lado de los Pirineos. Los españoles recién llegados querían integrarse en el paisaje francés y lo consiguieron con brillantez, en su gran mayoría. Por eso mi padre nunca quiso enseñarme ninguna de sus lenguas maternas —la segunda era el catalán—, aunque a mí me encantaba oírle hablar. Como había sido un alumno brillante en su instituto francés, recibió una beca para estudiar ingeniería, que aprobó con éxito. ¡Ya os decía que los españoles se integraron en el paisaje francés!
Cuando yo mismo llegué al instituto, en cuarto curso, me obligó a aprender alemán, argumentando que era el idioma del futuro y de la industria —¡el pobre papá ya me veía de ingeniero! —, un idioma que yo detestaba. A mí me encantaban el español y el inglés.
Tuve que esperar hasta la edad adulta para empezar a aprender español, así, sobre la marcha, escuchando hablar a los españoles, leyendo periódicos y revistas, con el diccionario a menudo abierto. Poco a poco, casi sin darme cuenta, realicé de que había leído mi primera novela en español, una obra de Manuel Vázquez Montalbán: «Asesinato en el Comité Central». ¡La maquinaria se había puesto en marcha y el mundo editorial español se había abierto mucho más fácilmente que el francés.
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